A Democratic Marooning

Nowadays it is impossible to go out on the streets and not break the law in some way, often unconsciously. The increase in prohibition and regulation with the viral excuse brings many European democracies dangerously close to the dictatorships of the last century. Many laws transform us into criminals, and the sanitary mask is a perfect atrezzo for the vulgar modern bandit.

Perhaps that is why this summer more boats are seen than ever before sailing along the Spanish coast, especially in the Balearic Islands. With such legal chaos on land, the sea offers the promise of freedom, like in the times of the lame corsair Byron. Or, as the pirate song of the romantic poet Espronceda says:

My treasure is my gallant ship,
My god is liberty,
My law is might, the wind my mark,
My only country is the sea.

Fortunately, most of them are freshwater sailors, nautical tourists, and it’s easy to dodge the crowds. The nautical tourists (for whom money only means more length, not better manners) only anchor by crowded beaches with sandy bottoms, as close as possible to some aberrant electronic-music bar; they spy on each other to see whose is bigger (I mean the boat, naturally). They stampede out as soon as they catch a glimpse of a cloud in the distance; they like to shout at their patient sailors with the vegan aggressiveness of a Captain Bligh, and have changed the noble habit of a gin and tonic or a grog for disgusting isotonic drinks or beet juices.

It must be awful to sail on a teetotaling ship, but at sea everyone is free to kill themselves as they wish, or survive as they can.

There is only one species that is impossible to avoid unless you are on open sea. I’m talking about jet skis, pest flies that carry their roar to the loneliest corners. They impertinently come up to where you are anchored and spray your boat at forty knots of speed. They destroy harmony and splash a martini that will never be dry again. If you don’t have a Mauser at hand, the best thing to do is to throw some eggs their way so that they learn to respect a certain distance.

Nevertheless, I still understand the marine escape very well; there is more freedom and less contagious hysteria. As soon as you set foot on land, hostilities begin. It’s like being condemned to the maroon, when the old pirates abandoned some wayward comrade on a desert island, with a bottle of rum, some tobacco, a gun, and a bullet.

“We live in dangerous times, socially marooned, with a dark reeducation.”

Now you step on land and risk your freedom. The last bureaucratic stupidity in Spain has been to ban tobacco in the streets or on the terraces of bars and restaurants. If we add to that the fact that it is obligatory to wear a mask as soon as you leave your house, even when you are walking through a rough mountain range, we understand that the situation is schizophrenic. The government of President Pedro Sánchez exhumed the bones of General Franco, yet he has taken on a most dictatorial style. It doesn’t matter that the results have been disastrous and the management of the pandemic considered the worst in Europe. The socialist-communist government cancels out rights and restricts liberties with the excuse of human health, but democratic health and the sweetness of life suffer dangerously. We live in dangerous times, socially marooned, with a dark reeducation.

The best way to avoid the growing paranoia and propaganda of fear is to go to sea. This is how it has been since time immemorial: Navigare necesse est. But choose your crew well, because if a bandit and a hermit live together for a while, the bandit becomes a hermit and the hermit, a bandit.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

El Marooning Democrático

Hoy en día resulta imposible salir a la calle y no vulnerar la ley de alguna manera, a menudo de forma inconsciente. El aumento de prohibiciones y obligaciones con la excusa vírica, acerca peligrosamente a muchas democracias europeas con las dictaduras del pasado siglo. Tantas leyes nos transforman en criminales y la mascarilla sanitaria es el atrezzo perfecto para el vulgar bandolero moderno.

Tal vez por eso durante este verano se observan más barcos que nunca para navegar por la costa española, especialmente en las Islas Baleares. La mar sigue siendo la única patria de los hombres libres, que cantaba el corsario cojo Byron. O, tal y como dice la Canción del Pirata Espronceda:

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.

Afortunadamente la mayoría son marineros de agua dulce, turistas de semana náutica, y resulta fácil esquivar los baños de multitudes. Los turistas náuticos (para quienes el dinero solo significa mayor eslora, no mejores modales) solo fondean en atestadas calas de fondos de arena, lo más cerca posible de algún chiringuito de aberrante música electrónica; se espían mutuamente para ver quién la tiene más grande (me refiero a la embarcación, naturalmente); salen en estampida en cuanto atisban algún nubarrón en la lontananza; gustan de chillar a sus pacientes marineros con la vegana agresividad vegana de un capitán Bligh y han cambiado el gin-tonic o el grog por cochinadas isotónicas o zumos de remolacha.

Debe de ser horrible navegar en un barco abstemio, pero en la mar cada uno es libre de suicidarse como quiera o sobrevivir como pueda.

Tan solo hay una especie a la que es imposible evitar a no ser que estés en alta mar. Me refiero a las motos acuáticas, auténticas moscas cojoneras que llevan su estruendo por los rincones más solitarios. Se acercan impertinentemente hasta donde estés fondeado y afeitan tu barco a cuarenta nudos de velocidad. Salpican un Martini que ya nunca estará dry y destrozan la armonía. Si no tienes un máuser a mano, lo mejor es arrojarles unos huevos para que al menos respeten la distancia.

Pero aún así comprendo muy bien la escapada marina, pues hay más libertad y menos histeria contagiosa. En cuanto pones un pie en tierra, empiezan las hostilidades. Es como estar condenado al maroon, cuando los antiguos piratas abandonaban a algún díscolo camarada en una isla desierta, con una botella de ron, algo de tabaco, una pistola y una bala.

Ahora pisas tierra y te juegas la libertad. La última estupidez burrocrática en España ha sido prohibir el tabaco en la calle o en las terrazas de bares y restaurantes. Si a eso le sumamos que es obligatorio llevar la mascarilla en cuanto sales de casa, incluso cuando estás paseando por una sierra agreste, comprenderemos que la situación es esquizofrénica. El gobierno del presidente Pedro Sánchez desenterró los huesos del general Franco, pero ha tomado una querencia a prohibir de lo más dictatorial. Da igual que sus resultados hayan sido desastrosos y la gestión de la pandemia sea considerada como la peor de Europa. El gobierno socialista-comunista anula derechos y restringe libertades con la excusa de la salud humana, pero la salud democrática y la dulzura de vivir se resienten peligrosamente. En este marooning social vivimos peligrosos tiempos de reeducación nada luminosa.

La mejor manera de de esquivar la paranoia creciente por la propaganda del miedo es hacerse a la mar. Así ha sido en todas las épocas: Navigare necesse est. ¡Pero escoge bien la tripulación!, pues si un bandido y un ermitaño conviven juntos por un tiempo, el bandido se torna ermitaño y el ermitaño, bandido.



Columnists

Sign Up to Receive Our Latest Updates!

SIGN UP

Daily updates with TM’s latest