From Cantina to Quarantine

In these alarming days of global quarantine, the question returns of la belle, sweet, and triste Françoise Sagan: “Oh, but do you still travel?”

Sagan judged that it was no longer worth traveling for the globalization of the asshole, the multinational franchises that offer the same products in Montpelier as in Saigon, the international fusion cuisine signed with nonsense by pretentious chefs, the abominable packs of tourists and the multitudinous picnics in museums, etcetera.

On the other hand, the troubadour Vinicius de Moraes (the blackest white in Brazil, saravá!) loved to travel through sensual latitudes. He said that traveling is the art of the encounter, and he always sang with a glass of whiskey, a drink that refines the vocal cords and also removes uncomfortable viruses.

Whiskey is essential and more important than any pharmacy mask (the fashionable new atrezzo from Venice to Beijing) because, at present, if you go on a trip, you run the risk of being quarantined in a hotel or in one of those all-inclusive floating prisons called a cruise ship. It has never been so important to choose where to stay! The quarantine at the Ritz is more bearable than at any Hilton. At least you can smoke in the rooms.

The company is also fundamental. A couple in love can survive a honeymoon if there is a bar nearby. But locking yourself for very long weeks in a room with no view while getting tested for the coronavirus is Russian roulette for any relationship.

“It has never been so important to choose where to stay!”

My dipsomaniac friends recommend less traveling and more drinking. And that we do in Ibiza, which is delicious in winter. Hotels and mastodonic nightclubs close, there are no flocks of clubbers, and good music beyond electronic trash can be heard.

Although it is true that sometimes—there she blows!—the white whale appears. I usually boast of being immune, but today I woke up with a hangover nine degrees on the Richter scale. It’s something like having Little Big Horn’s war drums thundering in the head. And if you have the courage to read the newspaper, you believe it’s written in Japanese. Nothing new under the sun after several days and nights of apotheosic boozing, a broken and miraculously regenerated heart, bacchanals, gambling, samba dancing, singing mariachis and Neapolitans, and always “L’Amore che muove il Sole e l’altre stelle.”

The hangover is tremendous, but whoever counts the costs of bliss does not deserve paradise. And to great evils, great remedies: a swim in the cold sea and a jug of Bloody Marys! I prepare it in a vase from the Ming dynasty, and I pour the same amount of vodka as tomato juice, very spicy, lots of lemon and fresh coriander. On the first gulp the morning becomes brighter, we begin to live and not just breathe, we fall in love more easily, tenderness overwhelms us, and courage swells our heart. “Alcohol” is a Muslim word that refers to the healing spirit (ah, dear Omar Khayyam, you knew that the Islamic world should drink more wine than camel milk!), and the red tide covers our venial sins, connecting us with Cosmic harmony and the sacred Sanskrit equation Sat-Cit-Ananda (Being-Consciousness-Bliss) to radiate loving emotions.

Thanks to alcoholic lucidity I start to think that, before traveling, I should inform myself if they allow drinking in quarantine.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

De la Cantina a la Cuarentena

En estos días de cuarentena global regresa con fuerza la pregunta de la bella, dulce y triste Françoise Sagan: “¿Oh, pero usted todavía viaja?”

Sagan juzgó hace tiempo que ya no valía la pena viajar por la globalización de la gilipollez, de las mismas cadenas que ofertan los mismos productos en Montpelier que en Saigón, la gastronomía que ha fusionado internacionalmente la tontería de demasiados chefs, los abominables packs turísticos, la manía de los picnics en los museos, etcétera.

En cambio el trovador Vinicius de Moraes (el blanco más negro de Brasil, ¡saraba!) amaba viajar por latitudes sensuales. Decía que el viaje es el arte del encuentro y cantaba siempre con un whisky, bebida que afina las cuerdas vocales y además aleja incómodos virus.

El whisky es fundamental y más importante que cualquier mascarilla (el atrezzo de moda de Venecia a Pekín) pues, actualmente, si uno sale de viaje, corre el riesgo de acabar en cuarentena en un hotel o en una de esas cárceles flotantes todo incluido que llaman cruceros. ¡Nunca fue tan importante elegir dónde alojarse! La cuarentena en el Ritz es más llevadera que en cualquier Hilton. Al menos se puede fumar en las habitaciones.

La compañía también es fundamental. Una pareja muy enamorada puede sobrevivir a una luna de miel si hay bares cerca. Pero encerrarse en una habitación sin vistas durante largas semanas, haciéndose las pruebas del coronavirus, es una ruleta rusa para cualquier relación.

Mis amigos dipsómanos recomiendan viajar menos y beber más. Y eso hacemos en Ibiza, que está deliciosa en invierno. Cierran los hoteles y las discotecas, no hay rebaños de clubbers y se escucha música más allá de la bazofia electrónica.

Aunque es cierto que a veces, ¡por allí resopla!, aparece la ballena blanca. Presumo de ser inmune, pero hoy amanecí con una resaca del nueve en la escala Richter. Es algo así como tener los tambores de guerra de Little Big Horn atronando la cabeza. Y si tienes el coraje de leer el periódico, te parece que está escrito en japonés. Lo normal después de varios días y noches de juerga apoteósica, el corazón roto y milagrosamente regenerado, bacanal, juego, samba, mariachis y napolitanas, y siempre “L’Amor che muove il Sole e l’altre stelle.”

La resaca es tremenda, pero quien cuenta los costes del gozo no se merece el paraíso. Y a grandes males, grandes remedios: ¡Un baño de mar y una jarra de Bloody Mary! Lo preparo en una jarrón de la dinastía Ming y echo igual cantidad de vodka que zumo de tomate, muy especiado, más limón de lo normal y algo de cilantro fresco. Al primer trago la mañana se torna más luminosa, comenzamos a vivir y no solo a respirar, nos enamoramos más fácilmente, la ternura nos embarga y el valor hincha nuestro corazón. Alcohol es una palabra musulmana que hace referencia al espíritu sanador (¡ah, querido Omar Khayyam, tu sabías que el mundo islámico debiera beber más vino que leche de camella!), y la marea roja nos cura los pecadillos nocturnos, conectándonos con la armonía cósmica y la sagrada ecuación sánscrita Sat-Cit-Ananda (Ser-Consciencia-Gozo) para irradiar emociones amorosas.

Las ideas se aclaran y pienso que, antes de viajar, debo informarme si permiten beber a los que encierran en cuarentena.



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