From the Scimitar to the Refugee

If there is anything today that Brussels bureaucrats fear more than the coronavirus it is a new invasion of refugees. The much-vaunted humanitarian values tremble with the massive arrival of immigrants that put at risk both the economy and social balance. Therefore, instead of building a wall à la Trump, the European Union reached an agreement with Tayyip Erdogan.

In exchange for 6 billion euros and facilitating visas, Turkey would act as a containment dam with the desperate legions who yearn for the European dream. But the dike is cracking and the borders of Greece and Bulgaria are being broken down. Erdogan knows that he has an ace up his sleeve and threatens: “Now there are thousands, soon there will be millions.”

But this is a responsibility from which Brussels cannot be redeemed by a check. To launch into a stupid war in Libya and Syria, Europe did not need the invention of arms of mass distraction, just the romantic breath of Arab Spring. Having a romantic heart is fine as long as you have a classic head. Otherwise, nonsense is very expensive. And Europe has been paying the bill since 2011.

The consequences have been disastrous for North Africa and very uncomfortable for the European welfare state. Europe ignored the tepid objections of Italy and Germany (some knew that the immigration invasion would come and the others would end up paying). For this war a very active Anglo-French axis dragged the most progressive governments into a struggle for the freedom of the people!

“Having a romantic heart is fine as long as you have a classic head.”

Gone are the days of the photo in Tripoli of David Cameron (a Churchill wannabe) and Nicolas Sarkozy (Petit Napoleon) boasting to bring democracy and freedom to Libya. Both leaders were moved as puppets by Obama, who knew more about diplomacy than his predecessor Bush II (this one began the fashion of preventive wars, while the other was given the first preventive Nobel Prize).

In a historical paradox, dictator Gaddafi was overthrown just when he was described as “the friend of the West.” He had found water in the desert, planned the African financial union, slowed sub-Saharan immigration to Europe, and dared to sell his high-quality oil to the Chinese. In addition to giving precious Arabian horses to European leaders, many suspect that he also contributed millions to the Sarkozy campaign. Possibly it caused Sarko to lose the French elections only a year later. Cameron did not foresee the queues of immigrants trying to reach England from Calais, and his ego was diluted by the Brexit referendum in 2016.

Libya is currently a no-man’s-land, with its tribes fighting in a cruel civil war. The U.N. special envoy, Ghasán Salamé, has acknowledged that his health cannot tolerate so much stress and has recently resigned from his post, fed up with the lack of progress in peace talks.

Syria is also destroyed, still at war, and its consequences are even greater. But dictator al-Assad has not fallen thanks to Russian support. In Syria a cruel international war has been fought from which terrorist groups have benefited. Trump even accused Hillary and Obama of creating ISIS! The cynical Talleyrand would have said it differently: This war has been much worse than a crime; it has been a stupidity.

Such a reality has had to open the eyes of many so-called geopolitical experts. The actor and gambler Omar Sharif already warned of the dangers of imposing democracy by bombing desert lands where tribal chiefs of ancestral customs rule.

Currently the Syrian disaster can lead to an open war between Russia and Turkey. Does the democratic sultan Erdogan dream of resuscitating the glories of the Ottoman Empire? Times have changed and he no longer needs to send armies—just open the borders for refugees to invade Europe. It is his way of pressuring a rich Europe to help him in his entanglement with Vladimir Putin for winning a slice in the Syrian pie.

The wars in Syria and Libya were a self-inflicted torpedo on the European waterline. The wave of refugees was so predictable! The genius of Themistocles won with Greek cunning against the Persian fleet at Salamis. The brave Don Juan of Austria stopped the Ottoman expansion in the battle of Lepanto, and he danced a pavane in the fortress of his ship, La Real.

But what honor is there in fighting desperate families who flee the horrors of war?

(The article in its original Spanish immediately follows.)

De la Cimitarra al Refugiado

Si hay algo que los burrócratas de Bruselas temen más que al coronavirus es una nueva invasión de refugiados. Los tan cacareados valores humanitarios tiemblan con la llegada masiva de inmigrantes que pongan en riesgo la economía y paz social. Por eso, en vez de construir un muro a la Trump, la Unión Europea llegó a un acuerdo con Tayyip Erdogan.

A cambio de seis mil millones de euros y facilidad de visados, Turquía actuaría de dique de contención con los desesperados ilusos que anhelan el sueño europeo. Pero, por cosas del juego político, el dique se está resquebrajando y las fronteras de Grecia y Bulgaria están siendo desbordadas. Erdogan sabe que tiene un as en la manga y amenaza: “Ahora son miles, pronto serán millones.”

Pero hay una responsabilidad de la que Bruselas no puede redimirse a golpe de cheque. Para lanzarse a una estúpida guerra en Libia y Siria, Europa no necesitó la invención de armas de distracción masiva, bastó el aliento romántico de la Primavera Arabe. Tener un corazón romántico está muy bien siempre que se tenga una cabeza clásica. En caso contrario los disparates salen muy caros. Y se están pagando desde 2011.

Las consecuencias han sido desastrosas para el norte de Africa y muy incómodas para el estado del bienestar europeo. No se hicieron caso de las tibias objeciones de Italia y Alemania (unos sabían que vendría la invasión migratoria y los otros que acabarían pagando). Para esta guerra hubo un activísimo eje anglo-francés que arrastró a los gobiernos más progresistas en una lucha por la libertad de los pueblos.

Atrás quedaron los días de la foto en Trípoli de David Cameron (wannabee Churchill) y Nicolás Sarkozy (Petit Napoleon) presumiendo de traer democracia y libertad a Libia. Ambos dirigentes fueron movidos como marionetas por Obama, quien sabía más de diplomacia que su antecesor Bush II (éste inició la moda de las guerras preventivas mientras que al otro le dieron el primer premio Nobel preventivo).

En una paradoja histórica el dictador Gadafi fue derrocado justo cuando era calificado como “el amigo de Occidente.” Había encontrado agua en el desierto, planeaba la unión financiera africana, frenaba la inmigración subsahariana hacia Europa y se atrevía a vender su petróleo de gran calidad a los chinos. Además de regalar preciosos caballos árabes a dirigentes europeos, muchos sospechan que entregó maletines millonarios para la campaña de Sarkozy. Posiblemente fue lo que hizo perder a Sarko las elecciones francesas, solo un año después. Cameron no previó las colas de inmigrantes que trataban de llegar a Inglaterra desde Calais, y su ego se diluyó con el referéndum del Brexit en 2016.

Actualmente Libia es un No Man’s Land, con sus tribus enfrentadas en cruel guerra civil. El enviado especial de la ONU, Ghasán Salamé, ha reconocido que su salud no puede tolerar tanto estrés y recientemente ha dimitido de su puesto, harto de la falta de avances en las conversaciones de paz.

Siria también está destrozada y también sigue en guerra, pero sus consecuencias son todavía mayores. El dictador Al Assad no ha caído gracias al apoyo ruso. En su tierra se ha librado una cruel guerra internacional de la cual se han beneficiado grupos terroristas. ¡Donald Trump llegó a acusar a Hillary y Obama de haber creado el ISIS! El cínico Talleyrand lo hubiera dicho de otra manera: Esta guerra ha sido mucho peor que un crimen, ha sido una estupidez.

Tal realidad ha debido abrir los ojos a muchos mostrencos geopolíticos. El actor y jugador Omar Shariff ya avisó de los peligros que suponía imponer la democracia a bombazos en tierras desérticas donde mandan los jefes tribales de costumbres ancestrales.

Actualmente el desastre sirio puede derivar en una guerra abierta entre Rusia y Turquía. ¿Sueña el sultán democrático Erdogan con resucitar las glorias del Imperio Otomano? Los tiempos han cambiado y ya no necesita enviar ejércitos o armadas sino abrir las fronteras para que los refugiados invadan Europa. Es su forma de presionar a la rica Europa para que le ayude en su pulso con Putin por ganar tajada en la tarta siria.

Las guerras de Siria y Libia fueron un torpedo en la línea de flotación europea. ¡Era tan previsible la oleada de refugiados! El genio de Temístocles ganó con astucia griega a la flota persa en Salamina. El bravo Don Juan de Austria bailó una pavana en el alcázar de su nave, La Real, antes de frenar la expansión turca en la batalla de Lepanto.

Pero ¿qué honor hay en luchar contra familias desesperadas que huyen de los horrores de la guerra?



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