Iconoclastic Protesters

There have always been iconoclastic fanatics throughout history, but today the demolition of statues has become somewhat compulsive. A few demagogic notions of the past are enough (“Learn universal history in five minutes”) to become pathologically intolerant in search of historical revenge. It is the essential characteristic, along with a bad mood and even worse wine, of those who are perpetually offended and want to erase traces of the past.

This week there have been acts of vandalism in different cities in Europe and the United States against statues of Christopher Columbus, Louis XVI, Leopold II of Belgium, the Confederate General Wickham, Edward Colston, Winston Churchill, and even Abraham Lincoln. Amid the confusion, cries such as “racists” and “slavers” were heard. Given the disparity of their victims, explanations are unnecessary, but I think Churchill was rather an elitist (even more unforgivable in these socialist times), who also had a pinch of red skin blood from his mother, an American beauty. Of course, that didn’t stop him from describing Gandhi as “a half-naked faquir.”

Perhaps the old iconoclastic fashion resurfaced with the destruction of the millennial Bamiyan Buddhas, dynamited in 2001 by the Taliban—a term that curiously means “student”—because they considered them a pagan affront to their radical religious interpretation.

Statues of Lenin were also demolished by the former Soviet Union—but not its mummy: communist fervor seeks to rival the pharaohs—and of Saddam Hussein after that unnecessary war of weapons of mass distraction. In Spain, the statue of General Franco was removed by a socialist government that instead allows communist exaltations. In 2015, it was the turn of the Majorcan Franciscan Fray Junípero Serra, who in the 18th century brought the golden grapes and the missions to California, whose statues in Los Angeles and Santa Barbara were crushed by theoretically indigenous movements.

“Fanaticism can catch on when you least expect it.”

I remember the first time I noticed such an aesthetic horror of the past while walking through ardent Lima in search of the perfect pisco sour. It was not difficult, since in Lima good bars abound. The impossible was to see a sculpture of the conqueror Pizarro in any plaza. Then a lovely Limeña explained it to me: “We have exiled him to a discreet corner of the cemetery, so as not to hurt susceptibilities.” Coño, the world has indeed become susceptible!

In “lindo y querido” Mexico there is also love and hatred for the statues of Hernán Cortés, who was able to conquer the Aztec empire thanks to his romance with La Malinche (they had a son together). She was a proud and very intelligent Indian woman, an interpreter who gave Cortés essential advice to defeat Moctezuma. Possibly La Malinche was also very fed up with so many human sacrifices.

The rejection of the Spanish past in America spread after the Wars of Independence in the 19th century. I can understand that they did not want to pay taxes to the Crown, but I am surprised that they deny their own blood. In Peru and Mexico, as in so many other parts of the New World, there was a wonderful crossbreeding between Indians, whites, blacks, and even Chinese. But the historical makeup has reached a point today where in Venezuela the liberator, Simón Bolívar, is presented with Indian features (he was a white Creole, a señorito educated in Madrid and Paris).

Nothing new under the sun. Two thousand years ago, it was the Christians, after emperor Constantine gave them religious power, who tore down the sculptures of the ancient pagan gods. It was during the Renaissance that those statues were rediscovered and the cult of beauty and an anthropocentric gaze returned.

Fanaticism can catch on when you least expect it, however. In glorious Florence, the Dominican monk Savonarola spread such collective madness that even Sandro Botticelli threw his prodigious nudes at the stake of the vanities. Savonarola had to be burned by the Borgias—the Godfather Mario Puzo referred to them as the first Mafia family—who were examples of vigorous and sensual Popes (much criticized in Italy because they came from Spanish Valencia and knew well how to poison).

Edward Gibbon said that history is little more than the register of the crimes, follies, and misfortune of mankind. But you have to know history to learn from mistakes, because the past cannot be changed, nor be exclusively valued with current criteria. Historical revisionism, if it wants to do justice, must take into account the different epochs.

But in view of the iconoclastic times in which we live, only abstract art, the statues of Mickey Mouse, or harmless camels wandering through the desert will survive; or perhaps the sunyata, the dwelling in rapture of the void, a classic in the Far East, will prevail.

Now, in search of destruction, the angry protesters could start with the sculptural horrors that decorate so many roundabouts.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

Protestas Iconoclastas

A lo largo de la historia siempre ha habido fanáticos iconoclastas pero, hoy en día, el derribo de estatuas se ha vuelto algo compulsivo. Bastan unas nociones demagógicas del pasado –abundan los cursos de “Aprenda historia universal en cinco minutos”—, para tornarse un intolerante patológico en busca de revancha histórica. Es la característica esencial, junto al mal humor y peor vino, de esos que se muestran perpetuamente ofendidos y desean borrar las huellas del pasado.

Esta semana se han producido actos vandálicos, en diferentes ciudades de Europa y Estados Unidos, contra estatuas de Cristóbal Colón, Luis XVI, Leopoldo II de Bélgica, el general confederado Wickham, Edward Colston, Winston Churchill y hasta Abraham Lincoln. En medio de la confusión se escuchaban gritos de “racistas” y “esclavistas”. Ante la tremenda disparidad de sus víctimas, sobran las explicaciones; pero creo que Churchill era más bien un elitista (aún más imperdonable en estos tiempos socialistas), que además tenía una pizca de sangre piel roja por su madre, una belleza americana. Eso no le impidió describir a Gandhi como “un faquir medio desnudo “.

Tal vez la vieja moda iconoclasta resurgió con la destrucción de los milenarios Budas de Bamiyán, dinamitados en 2001 por los talibán –término que curiosamente quiere decir estudiante—, porque los consideraban una afrenta pagana a su radical interpretación religiosa.

También se derribaron estatuas de Lenin por la antigua Unión Soviética –no así su momia: el fervor comunista pretende rivalizar con los faraones—, y de Saddam Hussein tras esa innecesaria guerra de armas de distracción masiva. En España, la estatua del general Franco fue quitada por un gobierno socialista que a cambio permite exaltaciones comunistas. En 2015 le tocó al franciscano mallorquín Fray Junípero Serra, que en el siglo XVIII llevó las uvas doradas y las misiones a California, cuya estatua en Los Angeles y Santa Bárbara fueron machacadas por movimientos teóricamente indigenistas.

Recuerdo que la primera vez que me di cuenta de tal horror estético al pasado fue paseando por la ardiente Lima, en busca del perfecto Pisco Sour. No fue difícil, pues en Lima abundan los buenos bares. Lo imposible era ver una escultura del conquistador Pizarro en alguna plaza. Luego una hermosa limeña me lo explicó: “Lo hemos exiliado a un rincón discreto del cementerio, para no herir susceptibilidades”. ¡Coño, pues sí que se ha vuelto susceptible el mundo!

En México lindo y querido también hay amor y odio por la figura de Hernán Cortés, que pudo conquistar el imperio azteca gracias a sus amores con la Malinche. Ella era una india orgullosa, enamorada y muy inteligente que dio a Cortés, además de un hijo, fundamental consejo para vencer a Moctezuma. Posiblemente la Malinche estaba también muy harta de tantos sacrificios humanos.

El rechazo al pasado español en América se propagó tras las Guerras de Independencia en el siglo XIX. Puedo comprender que no quisieran pagar impuestos a la Corona, pero me sorprende que renieguen de su propia sangre. En Perú y México, como en tantas otras partes del Nuevo Mundo, se dio un maravilloso mestizaje entre indios, blancos, negros y hasta chinos. Pero el maquillaje histórico ha llegado al extremo de que en Venezuela, al libertador Simón Bolívar lo presentan con rasgos indios, cuando realmente era un señorito criollo muy blanco y educado en Madrid y París.

Pero nada nuevo bajo el sol. Hace dos mil años fueron los cristianos, después de que Constantino les diera el poder religioso, los que derribaban las estatuas de los dioses paganos. Con el liberador Renacimiento se redescubrieron las esculturas de la Antigüedad, fomentando el culto a la belleza y una mirada antropocéntrica.

Sin embargo, el fanatismo puede prender cuando menos te lo esperas. En la gloriosa Florencia, el monje dominico Savonarola propagó tal locura colectiva que hasta Sandro Botticelli arrojaba a la hoguera de las vanidades sus desnudos prodigiosos. Savonarola tuvo que ser quemado por los Borgia –el Padrino Mario Puzo se refería a ellos como la primera familia mafiosa—, que eran ejemplo de Papas vigorosos y sensuales (muy criticados en la muy bella y corrupta Italia porque procedían de Valencia y eran expertos en venenos).

Edward Gibbon decía que la Historia es el registro de los crímenes, locuras e infortunio de la humanidad. Pero hay que conocerla para aprender de los errores, pues el pasado no puede cambiarse; tampoco ser valorado exclusivamente con criterios de actualidad. El revisionismo histórico, si quiere hacer justicia, debe tener en cuenta las diferentes épocas.

Pero vistos los tiempos iconoclastas que vivimos, solo sobrevivirán el arte abstracto, las estatuas de Mickey Mouse o unos inofensivos camellos deambulando por el desierto; o tal vez se imponga el sunnyata, el culto al vacío como gozo eterno que se da en el extremo oriente.

Ahora bien puestos a destruir, los airados manifestantes podrían empezar por los espantos escultóricos que decoran tantas rotondas.



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