Old Remedies for the New Age

While the great powers compete to invent the first vaccine against the new plague (there is more rivalry than in the boring space race for the first settler on Mars), making massive trials on human guinea pigs, I pay attention to good time-tested remedies: alcohol, tobacco, books, music, stimulating company, and swims in the sea.

It’s good to be a classic rebel in this age of macrobiotic totalitarianism and dictatorial social movements (“You’re either with me or against me,” preach the tolerant gurus of the new freedom). Don’t you know that most modern dictators were teetotalers, vegetarians, anti-smoking Taliban, and enemies of the noble concept of life as a game?

The much-vaunted globalization and new world order does not consist of free trade, the abolition of borders, or greater social justice. What it seeks is the sad homogenization of human character, to form a standard personality, a sad creed of messed-up equals. Admittedly, this artificially created virus is very much in line with their plans.

Already Comandante Fidel Castro said that fighting against globalization was as impossible as fighting against time. I saw that the Caribbean satrap was right the last time I was in Havana.

I was walking down Obispo Street with jet lag when I entered the most beautiful bar in the world, El Floridita, ready to drink fifteen double Papa’s (it’s easier to follow Hemingway’s example by toasting than with literature).

It was early—the dipsomaniac temple looks better in the afternoon, but it was already crammed with tourists in the standard uniform of flip-flops and Bermuda shorts, having just disembarked from one of those floating prisons they call cruises. Thanks to the holy smoke of my Partagás Lusitania, which scares off zombies and bores, I made room at its feminine mahogany bar to order the double rum cocktail, with grapefruit, maraschino, a few drops of angostura, and no sugar (the real enemy of the drinker).

“It’s good to be a classic rebel in this age of macrobiotic totalitarianism and dictatorial social movements.”

But an irresistible smiling mulatta, Wilson, told me that El Floridita did not allow smoking. “Since when?” I asked incredulously. “It’s been many years! We are modernizing!” reported the tremendous mulatta with a certain jest before my dismay.

Naturally, I went out thirsty on the vibrant street, but without letting the puro go out. I hadn’t set foot in Havana for years, and I wasn’t going to be embittered by the anti-smoking hysteria, which was all the more surreal in the Caribbean. On a terrace near Plaza de Armas there was a cane press and a group singing “Siboney.” I took a seat, ordered a guarapo with a lot of Santiago rum, and began to reflect on the attacks on individual freedom urbi et orbe and the globalization of bullshit (it’s the first thing to be globalized).

In my travels I have also learned that H2O is the most dangerous drink in the world. An affair with a yoga teacher, who practiced more love postures than are exhibited at the Khajuraho tantric temple, dragged me into a mini detox in the middle of Kenya (Are you married or do you live in Kenya, it was said before independence). I almost reached the ultimate nirvana too soon! Water in plastic bottles becomes a poison when the sun shines on it. The symptoms are similar to malaria or a tremendous hangover: headache, fever, dizziness, and when you read the press, it seems to be written in Japanese.

Then I remembered The African Queen, whose film crew fell ill almost entirely, except for John Huston and Humphrey Bogart. The reason for such immunity, which made Katharine Hepburn very jealous, is that they both drank only whiskey. I then recovered my alcoholic habits and life smiled on me again as the sexy yogi faded away.

And today I wish that nothing like this virus happens ever again, damn the communists and fascists who dream of the human mold. The fear of death has been used to change our habits and restrict freedoms. But life, Panta Rei, flows always in a continuous contagion, an eternal intoxication with diverse effects. So the best thing is to continue living your way, praying the occasional Ave Maria, and falling in love with the present moment.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

Viejos Remedios Para New Age

Mientras las grandes potencias compiten por inventar la primera vacuna contra la nueva peste (hay más rivalidad que en la carrera espacial por el primer colono aburrido en Marte) y hacen masivas levas de cobayas humanos, yo hago caso de los buenos remedios de todos los tiempos: alcohol, tabaco, libros, música, compañía estimulante y baños de mar.

Es bueno ser un clásico rebelde en esta época de totalitarismo macrobiótico y dictatoriales movimientos sociales (“o estás conmigo o estás contra mí,” predican los tolerantes gurús de la nueva libertad). ¿Acaso no saben que la mayoría de dictadores modernos eran abstemios, vegetarianos, talibanes anti-tabaco y enemigos del noble concepto de la vida como juego?

La tan cacareada globalización y el nuevo orden mundial no consistían en el libre comercio, la supresión de fronteras o una mayor justicia social. Lo que pretenden es la triste homogeneización del carácter humano, formar una personalidad estándar en el triste credo de todos iguales, todos jodidos. Hay que reconocer que este virus creado de forma artificial conviene mucho a sus planes.

Ya el comandante Fidel Castro decía que luchar contra la globalización era tan imposible como luchar contra el tiempo. Comprobé que el sátrapa caribeño tenía cierta razón la última vez que estuve en La Habana.

Paseaba por la calle Obispo con cierto jet lag cuando entré en el bar más hermoso del mundo, El Floridita, dispuesto a beber quince Papa´s dobles (es más fácil seguir el ejemplo de Hemingway brindando que con la literatura).

Era temprano –el templo dipsómano luce mejor en la tarde—pero ya estaba atiborrado de turistas uniformados en chanclas y bermudas desembarcados de una de esas cárceles flotantes que llaman cruceros. Gracias al humo sagrado de mi Partagás Lusitania, que ahuyenta a zombis y plomos, me hice un hueco en su femenina barra de caoba para pedir el cocktail doble de ron, con pomelo, marrasquino, unas gotas de angostura y nada de azúcar (el verdadero enemigo del bebedor).

Pero una mulata Wilson de irresistible sonrisa me indicó que en El Floridita no dejaban fumar. “¿Desde cuándo?” pregunté incrédulo. “¡Hace ya muchos años! ¡Nos estamos modernizando!” informó la tremenda mulata con cierta guasa ante mi espanto.

Naturalmente salí sediento a la calle caliente, pero sin dejar apagar el puro. Llevaba años sin pisar La Habana y no me iba a dejar amargar por la histeria antitabaco, tanto más surrealista en el Caribe. En una terraza cercana a la Plaza de Armas había una prensa de caña y un grupo cantaba “Siboney.” Tomé asiento, pedí un guarapo con mucho ron Santiago y me puse a reflexionar sobre los ataques a la libertad individual urbi et orbe y la globalización de la gilipollez (es lo primero que se globaliza).

En mis viajes también he aprendido que el H2O es la bebida más peligrosa del mundo. Un romance con una profesora de yoga, que practicaba más posturas amatorias que las que exhibe el templo tántrico de Khajuraho, me arrastró a hacer una mini detox en pleno Kenia (Are you married or do you live in Kenya?, se decía antes de su independencia). ¡Casi llego al definitivo nirvana demasiado pronto! El agua en botellas de plástico se transforma en un veneno cuando le da el sol. Los síntomas son parecidos a la malaria o una tremenda resaca: dolor de cabeza, fiebre, mareos y, cuando lees la prensa, te parece que está escrita en japonés.

Entonces me acordé de La Reina de Africa, cuyo equipo de rodaje cayó enfermo en su práctica totalidad, excepto John Huston y Humphrey Bogart. La razón de tal inmunidad, que provocó un ataque de celos a Katharine Hepburn, es que ambos solo bebían whisky. Recuperé entonces mis hábitos alcohólicos y la vida volvió a sonreírme mientras la yogui se desvanecía.

Y hoy pienso que nada como este virus para extender de nuevo malditos comunismos o fascismos que sueñan con el molde humano. El miedo a la muerte ha sido empleado para cambiar nuestros hábitos de vida y restringir las libertades. Pero la vida, Panta Rei, fluye en un continuo contagio, una eterna intoxicación. Así que lo mejor es seguir viviendo a tu manera, rezar de vez en cuando algún Ave María, y enamorarte del momento presente.



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