The Apocalyptic Sneeze

Since Marco Polo, Italy has always been the first European recipient of Chinese products. It happened with la pasta and today it happens with coronavirus. Currently the entire country is undergoing a kind of quarantine, which is better dealt with in Naples than in Milan. The upside is you can walk among its beauties without tourist crowds and you are well served in bars.

Only a few days ago, nirvana in the siesta, Spain judged the Italian reaction as a very operatic exaggeration. However, the contagion of hysteria has reached us and now schools are closed in some areas and—any excuse is good for them—parliamentary activity slows down.

It has been significant but not surprising to see how politicians have been the first professionals to stop working. Across Europe the political debate has subsided and the plenary sessions are half empty. We don’t miss them, but they want to make teleworking fashionable.

However, life goes on and employees of restaurants, bars, shops, and companies of any size continue their activity (as they do not have a guaranteed public salary). People do not pay too much attention to the command to confine themselves at home and continue going to that profane temple that is the bar, where various theories are heard, such as that this virus was created by a Chinese laboratory to isolate the rebel Hong Kong, or that it is an American invention to crush the Chinese economy, or that it is a cruel socioeconomic trial of forced euthanasia for pensioners…

“It has been significant but not surprising to see how politicians have been the first professionals to stop working.”

And, just in case, people have also thrown themselves en masse to buy from supermarkets. It is shocking to know that the first thing that goes is toilet paper! Perhaps fear facilitates digestion.

But the most striking case in viral hysteria has happened in the center of the Silk Road, in ancient Persia, the religious meridian that, according to mythologist Joseph Campbell, really divides the East from the West. To the west are Judaism, Christianity, Islam (they all share at least one book), Zoroastrianism, and the logos of ancient Greece; to the east we find the true Orient with Hinduism, Buddhism, Shintoism, and the Taoist paradoxes of Lao Tzu.

In Persia, where its poets sang of wine and love, an ancient empire that today is called Iran, there have been more than 200 intoxicated and numerous deaths from drinking adulterated alcohol. The ayatollahs have protested loudly, because they forbid drinking alcohol and punish such a violation with eighty lashes. But Iran is being badly affected by the coronavirus, and those who have read Rumi, Hafez, Khayyam…may like to think, like the rest of the dipsomaniac planet, that alcohol helps to mitigate the effects of the new pandemic.

It appears that the problem has come with the use of bleach in home distillation. A true crime that kills any liver, as it happened during Prohibition and continues to happen in the remote Russian steppe.

Times have changed dramatically in the cradle of civilization: 4,000 years ago in Mesopotamia, drinkers were not punished but protected. The Babylonian King Hammurabi’s code, in his ordinance 108, ordered to execute (by immersion in his own barrel) the tavern keeper who lowered the quality of his drink. A very effective measure to maintain quality.

As a great barman once said: You can only be a snob in matters of alcohol.

And if Aristotle maintained that living well is better than living, I say that drinking well is better than drinking. Especially when the apocalypse is presented in the form of a sneeze.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

El Estornudo Apocalíptico

Desde los tiempos de Marco Polo, Italia siempre ha sido la primera receptora europea de los productos chinos. Pasó con la pasta y ha pasado también con el coronavirus. Actualmente el país entero se ve inmerso en una especie de cuarentena, que se sobrelleva mejor en Nápoles que en Milán. Lo bueno es que se puede pasear entre sus bellezas sin aglomeraciones turísticas y que en los bares te sirven mejor que nunca.

Hace un par de días, desde España—nirvana en la siesta—todavía se juzgaba la reacción italiana como una operística exageración. Pero la histeria es altamente contagiosa, ya se cierran colegios y—cualquier excusa es buena—se ralentiza la actividad parlamentaria.

Ha sido llamativo pero no sorprendente el comprobar cómo los políticos han sido los primeros profesionales en dejar de trabajar. En toda Europa el debate político ha menguado y los plenos están semivacíos. No los echamos de menos, pero quieren poner de moda el teletrabajo.

Sin embargo la vida sigue y los empleados de restaurantes, bares, comercios y diversas empresas de cualquier tamaño continúan su actividad al no tener asegurado un sueldo público. La gente no hace demasiado caso de la orden de confinarse en casa y sigue acudiendo a ese templo profano que es el bar, donde se escuchan diversas teorías como la de que este virus fue creado por un laboratorio chino para aislar al rebelde Hong Kong, o que es un invento americano para machacar la economía china, o que es un cruel ensayo socioeconómico de eutanasia forzosa para los jubilados…

Y, por si las moscas, la gente se ha lanzado en masa a comprar a los supermercados. Es chocante saber que lo primero que se acaba son los rollos de papel higiénico. Tal vez el miedo facilita la digestión.

Sin embargo el caso más alarmante de histeria vírica ha ocurrido en el centro de la Ruta de la Seda, en la antigua Persia, el meridiano religioso que realmente, según el mitólogo Joseph Campbell, divide Oriente de Occidente. Al oeste están el judaísmo, el cristianismo, el islam (todas comparten al menos un libro), el zoroastrismo y el logos de la antigua Grecia; al este encontramos el verdadero oriente con el hinduismo, el budismo, el sintoísmo y las paradojas taoístas de Lao Tsé.

Pues bien, la noticia tremenda ha sido que en Persia, donde sus poetas cantaban al vino y al amor, antiguo imperio que hoy se llama Irán, ha habido más de doscientos intoxicados y numerosas muertes por beber alcohol adulterado. Los ayatolás han puesto el grito en el cielo, pues prohíben beber alcohol y castigan tal violación con ochenta latigazos. Pero Irán está siendo muy afectado por el coronavirus y los que hayan leído a Rumi, Hafiz o Khayam pueden pensar, al igual que el resto del planeta dipsómano, que el alcohol ayuda a mitigar los efectos de la nueva pandemia.

Parece ser que el problema ha venido con el uso de lejía en la destilación casera. Un verdadero crimen que acaba con cualquier foie, tal y como pasaba durante la Ley Seca americana y sigue pasando en las remotas estepas rusas.

¡Cómo han cambiado los tiempos en la cuna de la civilización! Hace cuatro mil años, por las tierras mesopotámicas, no se castigaba a los bebedores sino que se les protegía. El código del rey babilonio Hammurabi, en su ordenanza 108 mandaba ejecutar (por inmersión en su propio tonel) al tabernero que rebajara la calidad de su bebida. Una medida muy efectiva para mantener el nivel.

Como me dijo un gran barman: “Solo se puede ser esnob en materias alcohólicas.”

Y si Aristóteles decía que vivir bien es mejor que vivir, yo mantengo que beber bien es mejor que beber. Especialmente cuando nos presentan el apocalipsis en forma de estornudo.



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