The Sirens of Tiberius

Tiberius, the Roman emperor of darkest fame, retired to the island of Capri. In the month of the heat wave, when the Dog constellation is at its zenith and Sirius shines brightly, the emperor ordered a conclave of poets, historians, magicians, and rhapsodists to “explain to me what the sirens are singing!”

The wise men did not reach a decisive conclusion, but they were perplexed by the appearance of a fisherman who brought the message of the death of the great god Pan. We do not know if Tiberius drove the literary liars off the cliffs of Villa Jovis, as the legend says that he did with his perverse lovers (“Give me young, fruit-flavoured lips”), but, apart from some pearls of poetic beauty, nothing was clear from the song of the sirens.

The heat wave has come early this year and siren songs are appearing everywhere, not only in Capri, where Sor Serafina di Dio always walked humbly with her eyes lowered and once hit the swinging body of a hanged man, like a drunken buzzard hitting a lamppost. Could it be that the bright star Sirius sometimes blinds both saints and dipsomaniacs?

The heat encourages the sweet song of the sirens and the braying of politicians, whether they are regionalist satraps or centralist Caesars. But to me politicians are more and more vulgar, obnoxious louts who appeal to the lowest common denominator…while I adore the sirens with their beautiful lying songs that can make you both shipwrecked and madly in love, or fill you with bounty, just as Ligura, the siren of Lampedusa who devoured starfish, did with the Hellenistic professor Rosario La Sciura.

Siren songs steal the will of men. In politics they are very common. Also in the revolutionary tumult, social preachers who want to dictate the lives of others always go around divesting acolytes of unique thought.

“We must fight decisively against aberrant pollution, but we must do so intelligently and effectively. ”

I met the commander of the Calypso, Jacques Cousteau, years ago. As I was shy then, I did not ask him if he had heard the sirens singing. But I did hear the sailing scientist warn against green politicians who seem to prefer the decline of the human race to changing the habitat of lizards. Cousteau argued that each political party should have its own environmental portfolio. He was against the greens setting up a political party, as he saw the danger of red camouflage. But his warning was lost like Cassandra’s prophecies…

And the obsolete communists of the 1990s, in an exercise in hypocrisy as frighteningly monumental as Soviet architecture, took up the banner of ecology. They are the watermelon greens (green on the outside and red on the inside), and they dedicated themselves to torpedoing the environment with propaganda as polluting as Chernobyl.

Daniel Cohn-Bendit acknowledges this: “The matrix today that structures the reunification of the left is political ecology.” Cohn-Bendit was known as Danny the Red during the May 1968 protests. Then he became Danny the Green. Now, in a magnificent exercise in political transvestism, he also gives advice to President Macron.

Cohn-Bendit is a controversial character (with Tiberius-like tastes in love, ah those young lips!) who is exultant about the victory of the green parties in the French municipal elections.

But ecology is too fundamental to be left in the hands of ex-communists. What do these urban bourgeois, with their revanchist spirit, know about the countryside or the sea? Hunters, fishermen, farmers, stockbreeders, sailors, and bullfighters love and know nature much better, but their opinions are usually ignored and despised.

We must fight decisively against aberrant pollution (those dark satanic mills, as William Blake said), but we must do so intelligently and effectively. The opposite would be human suicide.

Meanwhile, the green siren songs hypnotize the masses who dream of climate change. But this is one siren that Tiberius would not love.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

Las Sirenas de Tiberio

A la isla de Capri se retiró el emperador romano de fama más tenebrosa, Tiberio. En el mes de la canícula, cuando la constelación del Can está en su cénit y brilla radiante Sirio, el emperador ordenó un cónclave de poetas, historiadores, magos y rapsodas a los cuales exigió: “¡Explicadme lo que cantan las sirenas!”

Los sabios no llegaron a una conclusión determinante, pero quedaron perplejos con la aparición de un pescador que traía el mensaje de la muerte del gran dios Pan. No sabemos si Tiberio despeñó a los mentirosos literatos por los acantilados de Villa Jovis, tal y como afirma la leyenda que hacía con sus amantes perversos (“Dadme labios jóvenes, con sabor a frutas”), pero, aparte de algunas perlas de belleza poética, nada se sacó en claro del canto de las sirenas.

La canícula se ha adelantado este año y cantos de sirena aparecen por todas partes, no solo en Capri, donde Sor Serafina di Dio caminaba siempre humilde con los ojos bajos y chocó una vez contra el cuerpo balanceante de un ahorcado, como el borracho zumbón se da de bruces contra una farola. ¿Será que la brillante estrella Sirio ciega algunas noches tanto a las santas como a los dipsómanos?

El calor alienta el dulce canto de las sirenas y los rebuznos de los políticos, ya sean sátrapas autonómicos o césares centralistas. Pero ¿qué queréis?, a mí los políticos me resultan cada día más vulgares, pelmazos, espesos, patanes que pregonan el más bajo denominador común…, mientras que adoro a las sirenas con sus hermosos cantos mentirosos que pueden tanto llevarte a pique como enamorarte y colmarte de bienes, tal y como hizo Ligura, la sirena de Lampedusa que devoraba estrellas de mar, con el helenista Rosario La Sciura.

Los cantos de sirena roban la voluntad de los hombres. En la vulgar política se dan mucho. También en el tumulto revolucionario: los predicadores sociales que quieren dictar la vida de los otros andan siempre mareando la perdiz para convertir acólitos de pensamiento único.

Conocí hace años al comandante del Calypso, Jacques Cousteau. Como entonces yo era tímido, no le pregunté si había escuchado el canto de las sirenas. Pero sí escuché al científico navegante alertar contra los políticos verdes que parecen preferir el ocaso de la raza humana antes que cambiar de hábitat a las lagartijas. Cousteau, que además de navegante también era un humanista, defendía que cada partido político debiera tener su cartera de Medio Ambiente. Estaba en contra de que los verdes montasen un partido político, pues veía el peligro rojo. Pero su alerta se perdió como las profecías de Casandra…

Y los obsoletos comunistas de los años noventa, en un ejercicio de hipocresía tan espantosamente monumental como la arquitectura soviética, se hicieron con la bandera de la ecología. Son los verdes sandía (verde por fuera y rojos por dentro) y se dedicaron a torpedear el medio ambiente con una propaganda tan contaminante como Chernobyl.

Lo reconoce Daniel Cohn-Bendit: “La matriz hoy que estructura la reunificación de la izquierda es la ecología política.” Cohn-Bendit era conocido como Dany el Rojo durante las protestas de mayo del 68. Luego pasó a ser Dany el Verde. Ahora, en un magnífico ejercicio de travestismo político, también da consejos al presidente Macron.

Cohn-Bendit es un personaje controvertido (de gustos amatorios parecidos a los de Tiberio, ¡ah esos labios jóvenes!), que se muestra exultante por el triunfo de los partidos verdes en las elecciones municipales francesas.

Pero la ecología es algo demasiado fundamental para dejarla en manos de los ¿ex?-comunistas. ¿Qué saben estos burgueses urbanitas, de ánimo revanchista, del campo o del mar? Los cazadores, pescadores, agricultores, ganaderos, marinos y toreros aman y conocen mucho mejor la naturaleza, pero habitualmente se ignora y desprecia su opinión.

Hay que luchar contundentemente contra la aberrante contaminación (esos dark satanic mills, que decía William Blake), pero hay que hacerlo de forma inteligente y efectiva. Lo contrario sería el suicidio humano.

Mientras tanto, los cantos de sirena verde hipnotizan a las masas que sueñan con el cambio climático. Pero esta es una sirena que no encantaría a Tiberio.



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