Mood Is a Rhythm

The world turns in fury, a global trend that is arming an urban guerrilla. In the valley of tears, being recognized as a victim is an aspiration to gain rights over another. This has allowed simple sexual, religious, or racial characteristics to be imposed over merit or intelligence with unfair and delusional laws said to promote equality. Something so absurdly childish, that even has tango lyrics: Quien no llora no mama y el que no afana es un gil (The one who doesn’t cry doesn’t suckle and the one who doesn’t work is a fool).

Among my friends there are people of very different skin tones who complain of suffering racism, depending on where they are; women who rant against machismo and the pay gap (sometimes some even regret their splendid beauty, as if that were a handicap to be taken seriously); homosexuals who say they feel despised with social mockery (as if they were Oscar Wilde in the Quisisana, who was only saved by Baron Fersen’s gallantry: “I shall remember Capri only for your flowers”); Semitic followers of the Torah or the Koran, who are alarmed when they see me with a plate of ham or toasting with a Long Island iced tea instead of a mint tea; painters who cry for not being recognized enough (“You look like Van Gogh, why don’t you cut your ear off?”—with such cruelty I could stop their whining. Now they reveal to me that it was Gauguin, after a crazy fight watered with absinthe, who struck a saber blow in Vincent’s ear); white-heterosexuals-Christians-conservatives who complain about being at the bottom of the pack in the current social ladder of the oppressed…and so on.

Of course, many times they are right. And they do very well to cry for a while on the shoulder of a friend. But such acts must be sporadic, not a custom; otherwise the world would be a right pain in the ass.

British premier of Sephardic origin and writer Benjamin Disraeli recommended something great anywhere, anytime: “Never complain and never explain.” The dandy aspires to be sublime without interruption, and if he ever wants to cry, he should always know how to laugh at himself.

“The dandy aspires to be sublime without interruption, and if he ever wants to cry, he should always know how to laugh at himself.”

Unless you have an inferiority complex, your own opinion will always be more important than that of others. That is usually an infallible reason to improve the spirits of my desperate friends.

The Marquis of Bradomin was ugly, Catholic, and sentimental. But that didn’t stop him from being the most admirable Don Juan.

But today most people choose to complain. Even Formula 1 champion Lewis Hamilton laments that he feels lonely on the race circuit surrounded by mostly white drivers. The racer Carlos Sainz says this is nonsense, since we all have the same blood. Long live the cocktail of the races! The world is mestizo.

The ancient Greeks knew that mood is rhythm. You have to give up the widespread electronic slop and listen to better music, be it Mozart or Bob Marley. This would help improve mood and extend courtesy and common sense, so fundamental to harmonious coexistence.

Historically, culture seems to come and go in most civilizations. The boring fanatics who hate the different (because they fear it) are like zombies that try to infect and spread an abominable standard personality. But culture (the real one, let’s stop relativism and cretins who try to set the bar for the lowest common denominator, camouflaged as false goodness without talent) is a great weapon against their intolerance.

Naturally there are times when it takes more than disdain or irony to overcome injustice. The brave Don Quixote knew that a knight is obliged to fight, even if he cannot win. That goes against Sun Tzu’s practical Art of War, but it’s certainly a more elegant attitude.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

El Estado de Animo Es un Ritmo

Parte del mundo gira de lo más enfadado y armar una guerrilla urbana se ha puesto de moda global. En el valle de lágrimas, ser reconocido como una víctima es una aspiración para tener más derechos que otro. Eso ha permitido que simples características sexuales, religiosas o raciales se impongan al mérito o la inteligencia con leyes tan delirantes como injustas, con la excusa de favorecer la igualdad. Algo absurdamente infantil que tiene hasta letra de tango: El que no llora no mama y el que no afana es un gil.

Entre mis amistades hay gentes de muy diversos tonos de piel que se quejan de sufrir racismo según dónde se encuentren, mujeres que despotrican contra el machismo y la diferencia salarial (a veces, alguna incluso lamenta su espléndida belleza, como si eso fuera un hándicap para ser tomada en serio); homosexuales que dicen sentirse despreciados con la burla social (como si fueran Oscar Wilde en el Quisisana, a quien solo salvó la galantería del barón Fersen); semitas seguidores de la Torá o del Corán, que se alarman cuando me ven con un plato de jamón de bellota o brindando con un Long Island ice Tea en vez de un té a la menta; pintores que lloran por no ser lo suficientemente reconocidos (“Te pareces a Van Gogh, ¿por qué no te cortas una oreja?”—con semejante crueldad antes podía parar su lloriqueo. Ahora me revelan que fue Gauguin, tras una loca pelea regada con absenta, quién cortó de un sablazo la oreja del loco del pelo rojo); heterosexuales blancos, cristianos y conservadores que se quejan por ser considerados la última mona en el actual escalafón social de oprimidos…

Naturalmente que muchas veces pueden tener razón. Y hacen muy bien en llorar en el hombro de un amigo un rato. Pero tales actos deben ser esporádicos, no una costumbre; en caso contrario el mundo sería un coñazo.

El premier y escritor británico de origen sefardita, Benjamin Disraeli, recomendaba algo estupendo en cualquier tiempo y lugar: “Nunca te quejes, jamás des explicaciones.” El dandy aspira a ser sublime sin interrupción y, si alguna vez le da por llorar, siempre debe saber reírse de sí mismo.

A no ser que uno tenga complejo de inferioridad, siempre será más importante la opinión propia que la que los demás tengan de nosotros. Esa suele ser una razón infalible para mejorar el ánimo de mis amigos desesperados.

El marqués de Bradomín era feo, católico y sentimental; pero fue el Don Juan más admirable.

En cambio hoy en día hasta el campeón de Formula 1, Lewis Hamilton, se lamenta y dice sentirse solo en un circo de carreras lleno de blancos. El piloto Carlos Sainz ya le ha respondido que eso son tonterías, pues todos tenemos la misma sangre. ¡El mundo es un cocktail mestizo!

Los antiguos griegos sabían que el estado de ánimo es un ritmo. Hay que dejarse de la generalizada bazofia electrónica y escuchar mejor música, ya sea Mozart o Bob Marley. Eso ayudaría a mejorar el ánimo y extender la cortesía y el sentido común, tan fundamentales para la convivencia armoniosa.

Históricamente la cultura, en demasiadas civilizaciones del teatro del mundo, parece de ida y vuelta. Los aburridos fanáticos, que odian lo diferente (porque lo temen), son como zombies que pretenden contagiar y extender una aberrante personalidad estándar. Pero la cultura (la verdadera, dejémonos de relativismos y de cretinos que pretenden imponer el listón del más bajo denominador común camuflado de falso buenismo sin talante ni talento) es un gran arma contra su intolerancia.

Naturalmente hay veces que es necesario algo más que el desdén o la ironía para vencer a la injusticia. El bravo Don Quijote sabía que un caballero está obligado a luchar, aunque no pueda vencer. Eso va contra el práctico Arte de la Guerra, de Sun Tzú, pero sin dudad es una actitud más elegante.



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