The Mask of the Joker

Why has the world become so indignant? Boredom. The Olympic ability to have fun is in sharp decline in the new age of the cyborg brought on by nanotechnological morons. People gather to eat armed with their mobile phones, which they leave on the table like a cowboy does his Colt .45 next to his plate of eggs and beans. The youngest grow up hypnotized by tablets and push buttons with the ardor of a sensual neophyte looking for the G-spot. The new inquisition of political correctness kills spontaneity, free thinking, and humor. In this way the art of conversation is lost unless you are overtaken by the divine gift of drunkenness.

It is as if planet virus has put on the grotesque mask of the Joker and thinks only of complaining and destroying. If someone is perpetually offended, they believe to be ad hoc with the Valley of Tears. The spirit of the times is being dominated by the ayatollahs of boredom: the bolas tristes (sad balls), in Argentinean slang.

Paradoxically, the capacity for boredom and the depression that comes with it are greater in that which has so vainly been called the first world. Could it be comparable to that medieval sin that was the acedia, the vital tedium that seized monks exhausted by copying luminous manuscripts from the Hellenistic era?

Today’s bores are more dangerous, and they aim to self-immolate the planet. Their antidote is to decapitate statues or to arm an urban guerrilla, which apparently gives a temporary euphoria to the vandals of the civilization that has lived better than any in the history of humanity. In the second or third world, whoever gets bored can also become a terrorist. But most prefer to laugh and live from day to day, which is certainly more elegant.

Neither does the propaganda of fear and the multitude of lies that go viral from a powerful media, which only seeks to terrify, help to raise one’s spirits. This new international movement is fanatical in the fight against any kind of religion (but especially Christianity, which is currently turning the other cheek instead of turning a pyre). In its indignation, the offended new age does not even allow the sweet balm of comfort to those who confess to be believers. As if that were not enough, the atheist prick spends his life talking about God.

“The capacity for boredom and the depression that comes with it are greater in that which has so vainly been called the first world.”

But when did the new age movement stumble? A great friend, the humanist Luis Racionero, lived through the hippie era in the California of the ’60s. He lived in a macrobiotic commune and had a love affair with a splendid black woman who was proud of her skin before BLM. There they invited guru Allan Watts to dinner. When he was offered orange or beet juice as a drink, Watts made a display of Zen serenity and pulled a gin flask out of his kimono sleeve. When a passionate activist told him about her efforts to save the world, Watts replied, “My dear, you’re going to have enough work in saving yourself. Leave the world tranquil.”

Racionero confessed to me that this demonstration of drink did away with a lot of nonsense. Thus he found the good Titian red cocktail negroni, wrote Philosophies of the Underground, and refused to swallow any totalitarian prohibitions. He was always a hippie, but an elegant sybarite hippie who knew how to laugh at himself.

The traveler Patrick Leigh Fermor found these verses in a hunting lodge of the Emperor Maximilian:

“Live, don’t know how long,
And die, don’t know when;
Must go, don’t know where;
I am astonished I am so cheerful.”

Joy can be a personal conquest or a gift from heaven, but it is the most elegant attitude to walk through the daily miracle of life. If you have to fight, you fight, but don’t let the bolas tristes make your existence a bitter one.

(The article in its original Spanish immediately follows.)

La Máscara del Joker

¿Por qué gira el mundo tan indignado? Por aburrimiento. La olímpica capacidad de divertirse está en franco declive en la nueva era ciborg que traen los mamones de la nanotecnología. La gente se reúne para comer armados con su teléfono móvil, que dejan sobre la mesa como el vaquero arroja el colt 45 ante su plato de huevos con beans. Los más jóvenes crecen hipnotizados por tabletas y aprietan botones táctiles con el ardor que un neófito sensual busca el punto G. La nueva inquisición de lo políticamente correcto mata la espontaneidad, el libre pensamiento y el sentido del humor. De esta manera el arte de la conversación se pierde a no ser que estés dominado por el divino don de la embriaguez.

Es como si el planeta virus se hubiera puesto la grotesca máscara del Joker y solo pensara en quejarse y destruir. Si alguien se muestra perpetuamente ofendido, se cree ad hoc con el valle de lágrimas. El actual espíritu de los tiempos está siendo dominado por los ayatolás del aburrimiento: “los bolas tristes,” en argot argentino.

Paradójicamente la capacidad para aburrirse y las depresiones que conlleva son mayores en eso que tan vanidosamente se ha dado por llamar Primer Mundo. ¿Podría ser comparable a ese pecado medieval que era la acedía, el tedio vital que embargaba a algunos monjes hartos de copiar manuscritos luminosos de la época helenística?

Los aburridos de hoy son más peligrosos y pretenden suicidar al mundo entero. El antídoto es decapitar estatuas o armar una guerrilla urbana, que por lo visto otorga una euforia temporal a los vándalos de la civilización que mejor ha vivido en la historia de la humanidad. En el segundo o el tercero, quien se aburre también se mete a terrorista. Pero la mayoría prefiere reír y vivir al día, lo cual es sin duda más elegante.

La propaganda del miedo y tantas mentiras víricas en unos poderes mediáticos que solo buscan aterrar, tampoco ayudan a subir el ánimo. Resulta curioso que el nuevo movimiento internacional que tanto combate cualquier tipo de religión (pero especialmente la cristiana, que actualmente pone la otra mejilla en vez de armar una pira) sea tan fanático. En su indignación, la new age ofendida ni siquiera permite el dulce bálsamo del consuelo de los que se confiesan creyentes. Por si fuera poco, el pelmazo ateo se pasa la vida hablando de Dios.

Pero ¿cuándo se jodió el movimiento new age? Un gran amigo, el humanista Luis Racionero, vivió la época hippie en la California de los Sesenta. Vivía en una comuna macrobiótica y tuvo amores con una espléndida negra orgullosa de su piel antes del BLM. Allí invitaron a cenar al gurú Allan Watts. Cuando le ofrecieron como bebida zumos de naranja o remolacha, Watts hizo una exhibición de serenidad zen y sacó de la manga de su quimono una petaca de ginebra. Cuando una apasionada activista le habló de su empeño en salvar el mundo, Watts la respondió: “Querida mía, bastante trabajo va a tener en salvarse a usted misma. Deje al mundo tranquilo.”

Racionero me confesó que tal demostración alcohólica le quitó muchas tonterías. Así llegó al buen negroni de rojo Tiziano, escribió Filosofías del Underground, y se negó a tragar las prohibiciones totalitarias de cualquier signo. Siguió siendo hippie, pero un hippie elegante y sibarita que sabía reírse de sí mismo.

El viajero Patrick Leigh Fermor encontró estos versos en un pabellón de caza del emperador Maximiliano:

“Vivir, no sé cuánto tiempo,
Y morir, no sé cuándo;
Deber ir, no sé adónde;
Me asombra que esté tan alegre.”

La alegría puede ser una conquista personal o un don del cielo, pero es la actitud más elegante para pasear por el milagro diario de la vida. Si hay que luchar, se lucha, pero no permitas que los bolas tristes te amarguen la existencia.



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